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Cali, Colombia
Caminar es algo más que salir a la calle, puede ser leer, sentir, pensar, soñar. A veces sentarte tranquilamente a escuchar el canto de los pájaros en un lugar apacible. Otras salir movido por tus propios pies a recorrer los senderos del mundo.

18 jun. 2009

El paraíso perdido

 
 
Castillo de proa

Junio 18 de 2009

Medardo Arias Satizábal

 

No sé si el polémico Parque del Agua del que tanto se habla hoy en Cali, haga parte de los 'megaproyectos' que la ciudad tampoco sabe dónde están, pero de lo que sí estoy convencido es que los poetas aparecen para conjurar viejos males, ya como profetas, ya como aguafiestas.

En diciembre pasado, Elmo Valencia me regaló el texto perdido de Gonzalo Arango, 'Cali, aparta de mí este cáliz'. El Monje siempre trae una sorpresa a inicios de año. En el antepasado me sorprendió con su canción 'una mosca en el café', la cual entonamos a coro con el poeta Álvaro Burgos Palacios, ahora redivivo, después de recibir exitoso trasplante.

Conozco el lugar que describe Gonzalo Arango con acentos dionisíacos, porque viví en sus cercanías. 'Cali, aparta de mí este cáliz' fue escrito en esa zona verde llamada El Parque del Acueducto: "Una naturaleza llena de colores y vitalidad ha derramado aquí sus poderes en una forma escandalosa. El color, la luz y la belleza me enceguecen, me anonadan. Los dioses deben bajar aquí a celebrar sus ritos dionisíacos y sus sacrificios de sangre, placer y locura. De este sitio han sido arrojadas la paz y la castidad por los salvajes dioses del amor, que restituyeron el prestigio perdido del paraíso…"

Así que si a alguien se le ocurre cometer un despropósito arquitectónico-urbanístico en este lugar, Arango, conocido también como El Profeta, lo fustigará desde el más allá: "Me tiendo en la grama. En mi chaqueta hay un libro de Prévert y por casualidad se llama 'Palabras'. Ninguna palabra, ni la que es del dominio de los dioses o de la poesía, puede nombrar este cielo, este sol, esta belleza desapacible que linda con la pesadilla. Una sensación de erotismo y religiosidad me clavan de rodillas en el paisaje. No digo nada porque no hay nada qué decir, pero mi alma bendice esta tierra y sus esplendores…"

Imagino que el poeta habla de este lugar antes de la Feria del Choclo, cuando Cali era todavía Ciudad-Paraíso. Alguna vez le conté a Ever Astudillo acerca de mi deslumbramiento cuando vine por vez primera a Cali, de la mano de mi padre, para ver una final Millonarios-Cali, cuando todos los bonaverenses éramos hinchas del equipo capitalino. Las oficinas del correo quedaban frente al río y desde ahí era posible ver la hermosa fachada del Batallón Pichincha, el Puente Ortiz que avanzaba hacia La Ermita y hacía esquina con el primoroso edificio de la Compañía Colombiana de Tabaco, el Alférez Real. El sonido del río bajaba por ahí haciendo encajes. El agua era verde y transparente y todo el mundo parecía feliz. Me decía, así mismo, que no era posible que tuviera ya catorce años y apenas ahora venía a conocer este lugar encantado, donde el aire olía a flores y a musgo de alta montaña, y había mujeres, por los lados de Santa Rita donde vivía mi madrina, con las faldas infladas por la corriente del río.

Así que, ubicado en un contexto retrospectivo, no me sorprende esta alegría de Gonzalo Arango al descubrir la belleza de Cali: "No puedo soportar esta belleza atroz que un día morirá conmigo. Me espanta la idea de que esta belleza sobreviva, que yo muera y que estos árboles sigan floreciendo. Que las aguas del río sigan bajando. Cali, ciudad de noches alejandrinas, dócil a los placeres, vulnerable a los deseos del mundo. Cielo de Epicuro donde aterrizan ángeles mahometanos. ¡Noches crepitantes de Cali en las que el cielo gotea como en los mejores estados de fiebre. Cali, capital de la noche del amor!".

 
 
 


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2 comentarios:

Manuel José Pardo dijo...

Que buena columna la disfruté mucho.

gonzalorango dijo...

Ya sabía yo que me iban a recordar por siempre, lo que escribi sobre Cali y sobre el Parque del Acueducto era verdad, existía ese paraíso...